Sunday, May 23, 2010

Mariel. Treinta años. La Embajada. Las planillas. Papas y Zanahorias.



En ese grupo que se había ofrecido para hacer ese trabajo, pensando que eran las famosas visas, estaba también un personaje que volví a ver después en otras circunstancias. Este personaje era un predicador. Llevaba una biblia bajo el brazo y hablaba cosas extrañas. Yo pensé que estaba medio tostado. No se si Lita y Katia lo recuerdan.

Después que Héctor nos dio todas las orientaciones requeridas para realizar la extraordinaria labor de documentar a todas las personas que estaban allí, nos tocó sentarnos, como él había dicho, al sol, en unas mesas improvisadas, a llenar planillas con la información de cada persona allí presente. Nombre, edad y dirección. Algo parecido al censo de población. Y esa era precisamente la intención. Yo no sé quien organizó esa operación, si fue la Embajada, o fueron los infiltrados orientados por la esfera gubernamental. Al principio yo pensaba que tenía que ver con las visas, después me di cuenta que no era nada de visas, que era puro censo. Nos pasamos horas en aquellas mesas tomando información.

Entre la gente que recuerdo que nos tropezamos en la embajada estaba uno, cuyo nombre no recuerdo ahora, que había sido profesor de educación física de la secundaria Carlos J. Finlay. Seguro que mi amiga Mayte Santoyo se acuerda, porque ella se acuerda de todo.

Tambien nos encontramos con mi queridísimo Manolo Valdés, amigo querido de la juventud y ahora casi vecino nuestro.

Cuando por fin Lita, Katia y yo nos aventuramos a caminar por la parte de atrás de los dos edificios, que era el patio gigantesco de la embajada, me encontré por allá a la hija de Fefa, más conocida por María la del Focsa, que era una señora que trabajaba en la cafetería pequeña de una esquina del edificio Focsa (ay, no me acuerdo como se escribe) y nos resolvia pintas de helado de chocolate y croqueticas y todo lo que podía. Quizás nos encontramos con otros conocidos más, pero esos son los que yo recuerdo.

Después de llenar las planillas volvimos para nuestra posición. Seguía el hambre, la angustia y el peligro de que te dieran un botellazo de los que tiraba desde afuera "el pueblo combatiente."

El tronco de la mata de papaya seguía disminuyendo. De vez en cuando alguien pasaba y nos regalaba un mango verde. El patio de la embajada tenía árboles frutales pero, de de esas frutas pronto no quedaron ni las semillas.

Yo creo que el dinero que se recogió para el carro del embajador, lo usó el mismo embajador para comprar sacos de papas y zanahorias en los mercados campesinos para repartirlos en la embajada. Un día de pronto anunciaron que iban a repartir sacos de papas entre todos los grupos. Se formó tremendo alboroto. Todos los grupúsculos que se habían formado alli esperaban su saco de papa para ser repartido entre sus miembros. En nuestro grupo, designamos al mulatico como jefe y él era el encargado de recibir el saco de papa y repartirlo. Era cierto. Veíamos como iban repartiendo los sacos. El problema era cómo rayos íbamos a cocinar las papas.

La respuetas a esta pregunta no se hizo esperar. La gente comenzó a arrancar las persianas de madera de la embajada para hacer pequeñas hogueras donde asar las papas. Yo estaba tan ilusionada! Se me hacía la boca agua pensando en la papa que me tocaba, asadita dándole vueltas en un palo como si fuera un pollo, calentita y suave. Pronto me desilucioné. Cuando por fin nos llegó el saco de papa, que parece que también traía algunas zanahorias, y ya nos habiamos agenciado madera y fuego para asarlas, las papas aquellas se demoraban siglos en cocinarse, y al final quedaban siempre crudas.

Yo no pude aguantar el dolor del hambre y la desilusión. Me tiré a dormir en mi rincón. Había probado una papa medio cruda y sabía que eso no me lo podía comer. Las papas había que asarlas una por una porque no teniamos como asar varias a la vez. En lo que me llegaba el turno de mi papa pasarían unas cuantas horas, así que me dormí.

El despertar fue maravilloso. Alguien, no recuerdo quien, me despertó y me puso en las manos un jarrito de metal que contenía una caldito de papa y zanahoria. A mi no me gustaba la zanahoria, y las papas? Fritas y va que chifla. Pero aquel caldito caliente de papa y zanahoria, sin sal y sin ná, fue en aquel momento lo más delicioso que había probado en mi vida. No sé cuantas persianas habría costado, pero aquel caldo me dio fuerzas y esperanzas para seguir en la lucha.



(Esta historia comienza AQUI)



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