Sunday, May 30, 2010

Mariel, Treinta Anos. La Embajada. Los últimos días



Alguien en el grupo de nosotros habia traido un radio portátil y en él escuchábamos todos los días La Voz de las Américas. Los primeros días, la noticia de la Embajada ocupaba los titulares de primera plana. Nosotros escuchábamos atentamente los comentarios y nos sentíamos parte de la noticia. Pertenecíamos al grupo que estaba haciendo historia. Luego nos desencantamos cuando notamos que al paso de los días, la noticia iba ocupando los últimos espacios en vez de los primeros.

Pasaban los días, la desesperación iba en aumento y no veíamos que pasara nada. Sucedían cosas, pero que no tenían nada que ver con noticias alentadoras sobre nuestra situación. Después que habíamos llenado las planillas comprendimos que eran solo para saber cuanta gente había allí y quienes eran. Luego cuando escuchamos en la Voz se las Américas que había cerca de 10,800 personas allí adentro, nosotros mismos no lo podíamos creer.

Ciertamente contribuyeron a esa cifra los plomeros que contrataron para poner una tubería a lo largo de las cercas de los costados de la Embajada para que la gente pudiera tomar agua. Unos cuantos de los plomeros saltaron la cerca y se quedaron del lado de acá.

No sé si fue el quinto o sexto día cuando la gente comenzó a salir de la Embajada. Por unos altavoces, una voz en la que nosotros no confiabamos, nos decía que el gobierno estaba otorgando salvoconductos a todas las personas que quisieran salir de allí. Este salvoconducto era el permiso de salida del país. La voz conminaba a la gente a salir porque allí adentro se podía desatar en cualquier momento una epidemia de algo, por falta de nutrición e  higiene.

Nosotros no le creíamos a la voz. Desconfiábamos hasta de nuestra sombra. Creimos que lo que querían era que saliéramos de allí para meternos presos a todos. Después de unos cuantos días hablando abiertamente sobre la falsedad de aquel régimen, todas las mentiras que nos habían embutido toda la vida, nadie quería creer nada que viniera de ellos. Pero poco a poco la gente fue saliendo. Unos porque no podían aguantar más, otros porque...no podían aguantar más.

Para el noveno día, Lita, Katia, Richard y Joseph decidieron salir. Ellos no tenían ni que haberse quedado. Ellos tenían sus visas ya, Katia y Richard por México y Lita y Joseph directo para los Estados Unidos. Enrique y yo no quisimos salir todavía y les pedimos que trataran de hablar por la bocina aquella para que nos dieran una señal.

Enrique y yo teníamos esperanzas de que ellos pudieran decirnos si era verdad o no lo del salvoconducto. Los acompañamos hasta el otro extremo que era por donde se salía a la calle adyacente, en la que habían instalado unas carpas y unas mesas para procesar a la gente que iba saliendo. Caminamos, entre un mar de gente, como una cuadra de distancia, porque la Embajada se llevaba casi media manzana.

Después que despedimos a nuestros amigos, al regreso Enrique y yo notamos la operación Cambalache que se había desatado entre la gente. Se estaban intercambiando una lata de sardinas por tres papas. tres papas por un reloj ruso, cuatro papas y dos zanahorias por cuatro cigarrillos. Nosotros mismos estábamos ya sin cigarrillos, así que nos apresuramos a llegar a nuestro puesto con la idea de cambiar las papas que nos tocaban por algunos cigarrillos. Nosotros podíamos estar sin comer, pero sin fumar no.

De nuestro grupo quedaba el mulatico. No estoy muy segura, pero creo que la familia de las Villas y la pareja gay tambien se habían ido. Enrique y yo pasamos una mala noche, bueno, una mala noche más. Nos estabamos debatiendo entre la idea de irnos o de quedarnos. Las luces del amanecer y la falta de cigarrillos nos convencieron. Nos vamos? Nos vamos.

Nos despedimos del mulatico y salimos. Hasta el momento no habia caído una gota de agua, pero ese día, el 15 de abril, entró un frente frío con lluvia.

Continuará...

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