Monday, May 3, 2010

Mariel Treinta Años


Ayer, 2 de mayo de 2010, se cumplieron 30 años de mi arribo a la costa de Cayo Hueso. Fue el resultado de dos años de oraciones y diligencias buscando la manera de ver como escapaba de aquella farsa de país en que se había convertido mi preciosa isla. Las diligencias que hice no me dieron ningun resultado, pero las oraciones sí. Cuando más desesperados estábamos mi novio Enrique y yo, porque no habíamos encontrado a ningún americano y americana con quien casarnos, ni conocíamos a nadie que tuviera un barquito, ni teníamos nada más que inventar, ocho cubanos se lanzaron en un autobús contra las rejas de la embajada del Perú abriendo la posibilidad de escape para 10,000 cubanos que más tarde se convirtieron de 120,000.

El sábado 5 de abril, Sábado de Gloria, Enrique y yo estábamos pintando el cuarto mío, mientras un pintor que mi mamá había contratado, pintaba el resto de la casa. Al medio día un tío mío, que trabajaba en el Hospital Calixto García, pasó por la casa a merendar y traía el periódico Gramma.
Se sentó en la casa y comenzó a leerlo y como había una noticia sorprendente, leyó en alta voz "que los guardias habían sido retirados de la Embajada del Perú, porque ocho cubanos habían penetrado la embajada a la fuerza en un autobús y uno de los guardias había resultado muerto por el tiroteo. En represalia porque el Embajador del Perú se negó a entregar a los ocho cubanos, Castro retiró la guardia para que entrara en la embajada todo el que quisiera. Qué bobo! Todo el mundo quería, empezando por nosotros que paramos el oído y casi no podiamos creer lo que estabamos oyendo.

Cuando el tío (que era del Partido) se fue, Enrique y yo sin perder tiempo llamamos a Lita y Katia y a otros amigos de Enrique, todos los cuales estaban en la conspiración de "la Peste el Ultimo," para ver si ellos sabían de alguien que se hubiese ido para allá.

Todo el mundo había escuchado o leido la noticia y Lita y Katia, con sus respectivos maridos, estaban ya en punto para salir para la Embajada.

Yo agarré una carterita, metí un blumer, por si acaso, un cepillo de diente y mi virgencita de Fátima fosforescente que mi mamá me había regalado. Mamá, sientiendo que algo grande se estaba cocinando, salió de su cuarto. De frente una a otra, ambas con el corazon partido, yo le dije: "Mami, me tengo que ir porque no hay otra oportunidad." Yo tenía 22 años y apenas estaba saliendo de abajo de sus faldas, pero ella sabía que yo era infeliz allí y que me tocaba levantar vuelo. Sin vacilar ni un instante me dijo, "Vete, que yo te sigo."

Sus palabras me dieron el impulso que necesitaba. Yo misma no estaba muy segura de que iba a poder dar ese paso, pero ella sí. Ella se aguantó el dolor más fuerte que pudiera haber sufrido en su vida y me dio el aliento para que yo cumpliera mi destino Yo sé que si ella hubiese soltado una sola lágrima, yo lo hubiera pensado dos veces.

Enrique llamó a su hermano Paquito, que vivia cerca y tenía carro. Paquito accedió a llevarnos a todos hasta la embajada. Nosotros estabamos en el Vedado y la embajada en Miramar. Era una buena tirada y nosotros queríamos llegar allí  "ante que se arrepientan" como solemos decir los cubanos.

Nos reunimos en los bajos de mi casa Lita y Joseph, Katia y su esposo , Enrique y yo. Paquito nos recogió allí y como sardinas en lata nos fuimos en su lada rojo hasta la Embajada del Perú.

Me fui con el sabor amargo de no poderme despedir de mi hermana porque ella no había regresado del trabajo.

Mañana continúo.
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(Esta historia continúa AQUI)




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2 comments:

fatima said...

Negra muy bueno, esperamos lo que continúa.

Patricia said...

Gracias Faty, en cualquier momento aparece la pincelada de cuando te llame y no estabas y perdiste el chance. Besitos