Monday, June 7, 2010

Mariel. Treianta Años. La Embajada. El Salvoconducto.

Who's that Flaca?

El día 15 de abril, Enrique y yo salimos de la Embajada. Del otro lado de la cerca el gobierno había montado unas carpas color verde olivo situadas consecutivamente lo largo de la calle adyacente a la Embajada. En cada carpa había una mesa y un oficial. Tuvimos que ir pasando de carpa en carpa porque en cada una te hacían un papeleo distinto. Eran como cuatro o cinco oficiales los que te entrevistaban. Al terminar con todo el grupo que habia salido en ese momento, no recuerdo cuántos éramos, tuvimos que abordar una guag
-->üita pequeña que nos conduciría al Club de verano llamado Abreu Fontan, (antes de la revolucíón habia sido creo que el Casino Deportivo).
Antes de abordar la guag
-->üita tuvimos que pasar entre dos filas de enfurecidos ciudadanos del pueblo combatiente, cuyo tarea en aquel momento era quizás amedentrarnos, amenazándonos con sus miradas de coyotes amaestrados. Ya habíamos escuchado que estos coyotes amaestrados, muchos de los cuales estan hoy aquí, golpeaban a la gente al salir de la Embajada o al llegar a sus casas.
Enrique y yo pasamos entre estos personajes sin recibir ningun golpe. Nadie se movió. Sólo nos miraban. Subimos a la guag
-->üita y cuando ya estaba llena partimos. Para entonces el tiempo había cambiado totalmente. Había un poco de frío y viento y lloviznaba.
Creo que llegamos al Abreu Fontan un poco después del medio día. Allí estuvimos sentados a la intemperie, bajo las ráfagas de viento salpicadas de agua salada, con un frio tremendo y Enrique con un ataque de asma, de esos que le daban poco pero cuando le daban era desesperante. Por suerte mi mamá me había enviado una toalla de playa, una de esas que conservábamos con una joya porque era de antes de la revolución. Era una toalla de muy buena calidad que habia pasado varias escuelas al campo conmigo y en ese momento me sirvió para cubrir a Enrique del frío lo mejor que pude. Pasamos toda esa tarde y toda la noche en esas condiciones, sin comer y sufriendo ambos por el ataque de asma de Enrique.

Por fin, al día siguiente nos toco entrar al salón donde nos procesaban para darnos el pasaporte.
El aspecto que teníamos era deplorable. Diez dias sin bañarnos, churrosos, apestosos, flacos, desencajados, pero felices! Ya para entonces sabíamos que el sacrificio no había sido en vano.

Cuando me llamaron y entré en el salón tuve una experiencia inolvidable. De pronto me encontré frente por frente a una cara conocida. Era la mamá de una amiga querida. Unos años antes habíamos formado un grupo de amigos y todas las fiestas y reuniones eran en casa de esa amiga. Los padres de ella, quienes estaban muy integrados en el proceso de la revolución, eran unas bellísimas personas. La mamá sobre todo me tenía mucho cariño a mi, y yo a ella. Eran de esos padres que aquí llamarían "super cool". Pero ella era enfermera del ministerio del interior, o algo así y en aquel momento estaba trabajando en el Abreu Fontan, ayudando con todo aquel proceso.

Como hacía años que no nos veíamos, cuando nos encontramos frente a frente las dos manifestamos genuina alegría, pero un segundo después ambas caímos en la cuenta de que estábamos en bandos contrarios. Su rostro se ensombreció y también el mío. Yo no quería comprometerla y ella, prácticamente, no sabía qué hacer. "Que tú haces aquí?" Me preguntó.
"Es una larga historia que no puedo contar ahora". Ella no podía entenderlo en aquel momento, pero yo no esperaba que lo entendiera. Dimos media vuelta y cada una fue a lo suyo.
El tiempo se encargó de hacerle entender a esa amiga por qué yo me quería ir del país.

Nos procesaron a los dos en aquel lugar. Allí mismo nos tiraron las fotos y nos dieron el pasaporte. Ya estábamos con una pata afuera como quien dice. Faltaba ahora enfrentar al pueblo combatiente de regreso a la casa.





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