Tuesday, June 15, 2010

Mariel. Treinta Años. Después de la Embajada


Después de recibir el pasaporte, Enrique y yo salimos junto con un grupo de gente hacía la entrada del Abreu Fontán. Allí nos esperaba un bus que nos llevaría a determinados puntos de la ciudad. Cada cual debía apearse donde más cerca le quedara de su casa.

Se comentaba que en los determinados puntos donde el bus paraba para soltar gente un grupo de lacayos esperaba para golpearnos. Enrique y yo decidimos ir para su casa porque estabamos más cerca que de la mía. El vivía en un reparto que le llaman La Coronela, mucho más al oeste del Coney Island y un poco antes del reparto Siboney.

No recuerdo muy bien el recorrido que hizo el bus, pero en el punto en que nosotros nos bajamos no había nadie esperando. No sé si fue por simpatía del chofer o por obra divina, pero el pueblo combatiente hasta el momento no había podido descargar su odio contra nosotros. Pasó un taxi y lo llamamos. Paró, y a pesar del aspecto de fascinerosos que teníamos, el chofer nos recogió.

Después de darle la dirección de donbe íbamos un silencio muy elocuente ocupó el interior del vehículo. Enrique y yo sabíamos que era difícil ocultar nuestra procedencia, pero no sabíamos que reacción esperar de aquel individuo. El hombre nos miraba a hurtadillas por el espejo retrovisor. Yo pensaba que si era uno de los extremistas de vanguardia podía llevarnos por donde estaban los otros extremistas de vanguardia. El sigilo y la paranoia a cada rato socababan mi optimismo. Así avanzamos unos minutos hasta que el tipo no pudo más y preguntó: "Ustedes son de la Embajada, no?" "Si" contestamos, qué remedio.

El silencio inicial se trocó en un torrente de palabras: "Coño, caballero, yo no sé que porquería estaría comiendo yo que no me di cuenta de lo de la Embajada! Ustedes si que libraron, ahora sería yo el que estuviera yendo pa mi casa en un taxi si hubiera estado atento...cóño, los felicito, oyeee...que barbaridad...

Enrique y yo respiramos aliviados, sonreímos, le comentamos un poco sobre la experiencia y finalmente nos dejó en casa deseándonos suerte y alegre de haber tomado, aunque fuera una mínima parte en este capítulo de la historia.

* * *

Qué bueno llegar a la casa! Qué bueno poder ir al baño! Yo, por supuesto, con diarrea, porque después de 10 días ignorando que esa es una necesidad fisiológica de primer order, mi cuerpo respondía con un torrente, como el del taxista, pero no de palabras.

Los padres y hermanos de Enrique nos recibieron aliviados. Los padres por supuesto, muy preocupados con todo lo que habiamos pasado y lo que nos quedaba por pasar. Los hermanos, todos excitados con nuestra aventura, todos añorando haber tenido el coraje y la determinación. Pero sobre todo, felices de tenernos entre ellos de nuevo después de haber pasado semejante angustia.

Enseguida llamamos a mi casa y mi hermana y mi mamá partieron a buscarme.
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