Monday, June 28, 2010

Mariel. Treinta Años. De nuevo en casa


Cuando Mami llegó a casa de Enrique, por supuesto nos abrazamos llorando de alegría y alivio. Pero yo sentía que tenía que decirle muchas cosas. Recuerdo que le decía: Mami, todo esto es un engaño, (yo me estaba desayunando ahora). Esta revolución es una farsa....es mentira todo lo que nos han contado...yo no puedo vivir en esta m...! Y mi mamá asentía, no sabía qué decirme. A ella en aquél momento todo lo que le importaba era que yo estaba allí, viva, sana y en sus brazos.

Me llevaron para mi casa. Mi hermana me contó que ella fue a ver a la presidenta del CDR y le dijo  que yo iba para la casa y que no quería una gracia de acto de repudio, porque el que fuera a dar griticos allí lo tiraba por la escalera para abajo.

Mi hermana sufrió doblemente todo este asunto. Lo sufrió por mi, por mi madre, por ella y luego por las consecuencias. Ella no pudo terminar su carrera porque, como era hermana de una "escoria", que fue el nombresito que nos puso Mandamás, no tenía derecho a seguir estudiando, aunque ella no tuviera nada que ver en el asunto.

El hermano de Enrique que nos dejó aquel día en la embajada también perdió su trabajo.
No importó que ellos se hubiesen quedado y que no hicieran lo que nosotros hicimos. Alguien tenía que pagar por nuestra osadía.

Al parecer los del CDR hicieron caso. Quizá no por lo que mi hermana dijo, sino porque me conocían de mucho tiempo. Yo siempre habia sido muy entregada a las tareas de trabajo voluntario, guardias y esas cosas. Yo me creía que con ello estaba dando mi aporte a la revolución, que estaba poniendo mi granito de arena para construir un futuro mejor para mi pueblo y tao tao, toda la baba esa que confieso me tragué por tantos años sin soñar ponerlo en duda. Hasta que empecé a dudar . Pero como hasta el momento había guardado las formas, igual que todo el mundo, ellos pensaban que lo que yo había hecho aquello bajo la maligna influencia de Enrique. Pero además, le tenían respeto a mi madre y por eso también se hicieron los que no me habían visto.

Al llegar a mi casa no había nadie por los alrededores. Entramos al edificio y subimos el elevador sin tropezarnos con un alma. Ya yo venía con ciertos síntomas de catarro. Parece que la falta de alimento me bajó las defensas y agarré tremenda gripe. No se me olvida que lo que yo tenía ganas de comer, lo que el cuerpo me pedía, eran unos garbanzos. Mi mamá me los hizo. Los más ricos del mundo. Sin ná, pero los más ricos igual.







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Tuesday, June 15, 2010

A Day at the Barn

Paseando hace unos dias por un petting zoo en Homestead

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Mariel. Treinta Años. Después de la Embajada


Después de recibir el pasaporte, Enrique y yo salimos junto con un grupo de gente hacía la entrada del Abreu Fontán. Allí nos esperaba un bus que nos llevaría a determinados puntos de la ciudad. Cada cual debía apearse donde más cerca le quedara de su casa.

Se comentaba que en los determinados puntos donde el bus paraba para soltar gente un grupo de lacayos esperaba para golpearnos. Enrique y yo decidimos ir para su casa porque estabamos más cerca que de la mía. El vivía en un reparto que le llaman La Coronela, mucho más al oeste del Coney Island y un poco antes del reparto Siboney.

No recuerdo muy bien el recorrido que hizo el bus, pero en el punto en que nosotros nos bajamos no había nadie esperando. No sé si fue por simpatía del chofer o por obra divina, pero el pueblo combatiente hasta el momento no había podido descargar su odio contra nosotros. Pasó un taxi y lo llamamos. Paró, y a pesar del aspecto de fascinerosos que teníamos, el chofer nos recogió.

Después de darle la dirección de donbe íbamos un silencio muy elocuente ocupó el interior del vehículo. Enrique y yo sabíamos que era difícil ocultar nuestra procedencia, pero no sabíamos que reacción esperar de aquel individuo. El hombre nos miraba a hurtadillas por el espejo retrovisor. Yo pensaba que si era uno de los extremistas de vanguardia podía llevarnos por donde estaban los otros extremistas de vanguardia. El sigilo y la paranoia a cada rato socababan mi optimismo. Así avanzamos unos minutos hasta que el tipo no pudo más y preguntó: "Ustedes son de la Embajada, no?" "Si" contestamos, qué remedio.

El silencio inicial se trocó en un torrente de palabras: "Coño, caballero, yo no sé que porquería estaría comiendo yo que no me di cuenta de lo de la Embajada! Ustedes si que libraron, ahora sería yo el que estuviera yendo pa mi casa en un taxi si hubiera estado atento...cóño, los felicito, oyeee...que barbaridad...

Enrique y yo respiramos aliviados, sonreímos, le comentamos un poco sobre la experiencia y finalmente nos dejó en casa deseándonos suerte y alegre de haber tomado, aunque fuera una mínima parte en este capítulo de la historia.

* * *

Qué bueno llegar a la casa! Qué bueno poder ir al baño! Yo, por supuesto, con diarrea, porque después de 10 días ignorando que esa es una necesidad fisiológica de primer order, mi cuerpo respondía con un torrente, como el del taxista, pero no de palabras.

Los padres y hermanos de Enrique nos recibieron aliviados. Los padres por supuesto, muy preocupados con todo lo que habiamos pasado y lo que nos quedaba por pasar. Los hermanos, todos excitados con nuestra aventura, todos añorando haber tenido el coraje y la determinación. Pero sobre todo, felices de tenernos entre ellos de nuevo después de haber pasado semejante angustia.

Enseguida llamamos a mi casa y mi hermana y mi mamá partieron a buscarme.
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Monday, June 7, 2010

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Mariel. Treianta Años. La Embajada. El Salvoconducto.

Who's that Flaca?

El día 15 de abril, Enrique y yo salimos de la Embajada. Del otro lado de la cerca el gobierno había montado unas carpas color verde olivo situadas consecutivamente lo largo de la calle adyacente a la Embajada. En cada carpa había una mesa y un oficial. Tuvimos que ir pasando de carpa en carpa porque en cada una te hacían un papeleo distinto. Eran como cuatro o cinco oficiales los que te entrevistaban. Al terminar con todo el grupo que habia salido en ese momento, no recuerdo cuántos éramos, tuvimos que abordar una guag
-->üita pequeña que nos conduciría al Club de verano llamado Abreu Fontan, (antes de la revolucíón habia sido creo que el Casino Deportivo).
Antes de abordar la guag
-->üita tuvimos que pasar entre dos filas de enfurecidos ciudadanos del pueblo combatiente, cuyo tarea en aquel momento era quizás amedentrarnos, amenazándonos con sus miradas de coyotes amaestrados. Ya habíamos escuchado que estos coyotes amaestrados, muchos de los cuales estan hoy aquí, golpeaban a la gente al salir de la Embajada o al llegar a sus casas.
Enrique y yo pasamos entre estos personajes sin recibir ningun golpe. Nadie se movió. Sólo nos miraban. Subimos a la guag
-->üita y cuando ya estaba llena partimos. Para entonces el tiempo había cambiado totalmente. Había un poco de frío y viento y lloviznaba.
Creo que llegamos al Abreu Fontan un poco después del medio día. Allí estuvimos sentados a la intemperie, bajo las ráfagas de viento salpicadas de agua salada, con un frio tremendo y Enrique con un ataque de asma, de esos que le daban poco pero cuando le daban era desesperante. Por suerte mi mamá me había enviado una toalla de playa, una de esas que conservábamos con una joya porque era de antes de la revolución. Era una toalla de muy buena calidad que habia pasado varias escuelas al campo conmigo y en ese momento me sirvió para cubrir a Enrique del frío lo mejor que pude. Pasamos toda esa tarde y toda la noche en esas condiciones, sin comer y sufriendo ambos por el ataque de asma de Enrique.

Por fin, al día siguiente nos toco entrar al salón donde nos procesaban para darnos el pasaporte.
El aspecto que teníamos era deplorable. Diez dias sin bañarnos, churrosos, apestosos, flacos, desencajados, pero felices! Ya para entonces sabíamos que el sacrificio no había sido en vano.

Cuando me llamaron y entré en el salón tuve una experiencia inolvidable. De pronto me encontré frente por frente a una cara conocida. Era la mamá de una amiga querida. Unos años antes habíamos formado un grupo de amigos y todas las fiestas y reuniones eran en casa de esa amiga. Los padres de ella, quienes estaban muy integrados en el proceso de la revolución, eran unas bellísimas personas. La mamá sobre todo me tenía mucho cariño a mi, y yo a ella. Eran de esos padres que aquí llamarían "super cool". Pero ella era enfermera del ministerio del interior, o algo así y en aquel momento estaba trabajando en el Abreu Fontan, ayudando con todo aquel proceso.

Como hacía años que no nos veíamos, cuando nos encontramos frente a frente las dos manifestamos genuina alegría, pero un segundo después ambas caímos en la cuenta de que estábamos en bandos contrarios. Su rostro se ensombreció y también el mío. Yo no quería comprometerla y ella, prácticamente, no sabía qué hacer. "Que tú haces aquí?" Me preguntó.
"Es una larga historia que no puedo contar ahora". Ella no podía entenderlo en aquel momento, pero yo no esperaba que lo entendiera. Dimos media vuelta y cada una fue a lo suyo.
El tiempo se encargó de hacerle entender a esa amiga por qué yo me quería ir del país.

Nos procesaron a los dos en aquel lugar. Allí mismo nos tiraron las fotos y nos dieron el pasaporte. Ya estábamos con una pata afuera como quien dice. Faltaba ahora enfrentar al pueblo combatiente de regreso a la casa.





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