Sunday, May 30, 2010

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Mariel, Treinta Anos. La Embajada. Los últimos días



Alguien en el grupo de nosotros habia traido un radio portátil y en él escuchábamos todos los días La Voz de las Américas. Los primeros días, la noticia de la Embajada ocupaba los titulares de primera plana. Nosotros escuchábamos atentamente los comentarios y nos sentíamos parte de la noticia. Pertenecíamos al grupo que estaba haciendo historia. Luego nos desencantamos cuando notamos que al paso de los días, la noticia iba ocupando los últimos espacios en vez de los primeros.

Pasaban los días, la desesperación iba en aumento y no veíamos que pasara nada. Sucedían cosas, pero que no tenían nada que ver con noticias alentadoras sobre nuestra situación. Después que habíamos llenado las planillas comprendimos que eran solo para saber cuanta gente había allí y quienes eran. Luego cuando escuchamos en la Voz se las Américas que había cerca de 10,800 personas allí adentro, nosotros mismos no lo podíamos creer.

Ciertamente contribuyeron a esa cifra los plomeros que contrataron para poner una tubería a lo largo de las cercas de los costados de la Embajada para que la gente pudiera tomar agua. Unos cuantos de los plomeros saltaron la cerca y se quedaron del lado de acá.

No sé si fue el quinto o sexto día cuando la gente comenzó a salir de la Embajada. Por unos altavoces, una voz en la que nosotros no confiabamos, nos decía que el gobierno estaba otorgando salvoconductos a todas las personas que quisieran salir de allí. Este salvoconducto era el permiso de salida del país. La voz conminaba a la gente a salir porque allí adentro se podía desatar en cualquier momento una epidemia de algo, por falta de nutrición e  higiene.

Nosotros no le creíamos a la voz. Desconfiábamos hasta de nuestra sombra. Creimos que lo que querían era que saliéramos de allí para meternos presos a todos. Después de unos cuantos días hablando abiertamente sobre la falsedad de aquel régimen, todas las mentiras que nos habían embutido toda la vida, nadie queria creer nada que viniera de ellos. Pero poco a poco la gente fue saliendo. Unos porque no podían aguantar más, otros porque...no podían aguantar más.

Para el noveno día, Lita, Katia, Richard y Joseph decidieron salir. Ellos no tenían ni que haberse quedado. Ellos tenían sus visas ya, Katia y Richard por México y Lita y Joseph directo para los Estados Unidos. Enrique y yo no quisimos salir todavía y les pedimos que trataran de hablar por la bocina aquella para que nos dieran una se
-->ñal.
Enrique y yo teníamos esperanzas de que ellos pudieran decirnos si era verdad o no lo del salvoconducto. Los acompañamos hasta el otro extremo que era por donde se salía a la calle adyacente, en la que habían instalado unas carpas y unas mesas para procesar a la gente que iba saliendo. Caminamos, entre un mar de gente, como una cuadra de distancia, porque la Embajada se llevaba casi media manzana.

Después que despedimos a nuestros amigos, al regreso Enrique y yo notamos la operación Cambalache que se había desatado entre la gente. Se estaban intercambiando una lata de sardinas por tres papas. tres papas por un reloj ruso, cuatro papas y dos zanahorias por cuatro cigarrillos. Nosotros mismos estábamos ya sin cigarrillos, así que nos apresuramos a llegar a nuestro puesto con la idea de cambiar las papas que nos tocaban por algunos cigarrillos. Nosotros podíamos estar sin comer, pero sin fumar no.

De nuestro grupo quedaba el mulatico. No estoy muy segura, pero creo que la familia de las Villas y la pareja gay tambien se habían ido. Enrique y yo pasamos una mala noche, bueno, una mala noche más. Nos estabamos debatiendo entre la idea de irnos o de quedarnos. Las luces del amanecer y la falta de cigarrillos nos convencieron. Nos vamos? Nos vamos.

Nos despedimos del mulatico y salimos. Hasta el momento no habia caído una gota de agua, pero ese día, el 15 de abril, entró un frente frío con lluvia.

Continuará...

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Tuesday, May 25, 2010

Mariel. Treinta Años. La Embajada.Las Joyas y otras anécdotas.



La repartición de sacos de papa debe haber sido ya cerca de los últimos días que yo estuve allí, que fueron 10. Recuerdo que para entonces ya se nos estaban acabando los cigarros. Allí, todos fumábamos y todos habíamos llevado cigarros. Por supuesto, aprendimos rápido a estirarlos, porque no sabíamos cuánto tiempo íbamos a permanecer allí,

En aquellos días de ocio, en los que no se podía hacer otra cosa que hablar y soñar, recuerdo  un día que estábamos todo aquel grupo conversando y haciendo planes, cuando a la mamá del niño de quince años se le ocurrió de pronto repartir, entre todos nosotros, las joyas que tenía guardadas en su maletón de madera. Esto era con la esperanza de que cuando nos reuniéramos en "la yunai" se las devolviéramos. Ella pensaba que si llevaba unas cuantas joyas encima, al momento en que la procesaran se las iban a quitar. Si cada uno de nosotros llevaba digamos un anillo, un par de aretes, una manilla o algo así, quiza fuera posible salvarlas y luego devolvérselas a ella.

Comenzó el proceso de repartición. Creo que lo hicimos haciendo un juego de adivinar. No tengo muy claro como fue que la señora repartió las joyas, pero recuerdo que a mí me tocó un anillo.
Después que todo se repartió y acordamos una vez más reunirnos todos en Miami, la señora lo pensó dos veces y recogió todas sus joyas de nuevo. Espero que haya podido salvar algunas.

Otro día, antes de la repartición de los sacos de papa, Lita, Katia y yo nos aventuramos al frente de la Embajada, cuando llegaron las cajitas, para ver cómo era eso y de paso si alguna cajita volaba hacia nosotros. Caminamos por el pasillito del costado que conducía al frente del edificio, por el mismo por el que habia corrido el orine desde el cuartico ulitizado como baño. A esa hora de la tarde el barro estaba seco por el sol, pero el olor se sentía fuertemente.
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En el frente había muchos hombres conglomerados, empujándose unos a otros, elevando sus brazos por encima de la cabeza de los demás para tomar una cajita de las que los soldados repartían desde un camión.

Fotógrafos y perdiodistas y algún que otro dirigente de la revolución presenciaban el espectáculo. Luego comentaban en el periódico Gramma que los de la Embajada se atropellaban unos a otros y se fajaban como animales por las cajitas. Si ubiera una cajita para cada uno no tendrían que fajarse. El hambre es mala consejera. (Curioso que el hambre no sea mal consejero sino consejera o si? O no". I don't know).

Ese día parece que estaba por allí un oficial del gobierno llamado Pepín Naranjo. No sé cómo los pintorescos personajes que abundaban allí lo reconocieron, pero Lita, Katia y yo presenciamos, y espero que ellas lo recuerden también, como uno de ellos se acercó a la cerca para dirigirse en su mejor castellano guapetoso a Pepín Naranjo, gestionando con la mano al estilo de los reguetoneros modernos y espetándole con toda familiaridad, "Vaya Pepín! Tremenda peste a meao que hay aquí."

No sé si Pepin se dio por aludido, pero eso a mí nunca se me ha olvidado.

A Pepin Naranjo lo conocí cuando era niña. El era amigo de mi padre y a pesar de que fue un estrecho colaborador de Castro, el recuedo de mi infancia que tengo de él, es bueno.

Más sobre las papas y los cigarros en el próximo episodio.


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Sunday, May 23, 2010

Mariel. Treinta años. La Embajada. Las planillas. Papas y Zanahorias.



En ese grupo que se había ofrecido para hacer ese trabajo, pensando que eran las famosas visas, estaba también un personaje que volví a ver después en otras circunstancias. Este personaje era un predicador. Llevaba una biblia bajo el brazo y hablaba cosas extrañas. Yo pensé que estaba medio tostado. No se si Lita y Katia lo recuerdan.

Después que Héctor nos dio todas las orientaciones requeridas para realizar la extraordinaria labor de documentar a todas las personas que estaban allí, nos tocó sentarnos, como él había dicho, al sol, en unas mesas improvisadas, a llenar planillas con la información de cada persona allí presente. Nombre, edad y dirección. Algo parecido al censo de población. Y esa era precisamente la intención. Yo no sé quien organizó esa operación, si fue la Embajada, o fueron los infiltrados orientados por la esfera gubernamental. Al principio yo pensaba que tenía que ver con las visas, después me di cuenta que no era nada de visas, que era puro censo. Nos pasamos horas en aquellas mesas tomando información.

Entre la gente que recuerdo que nos tropezamos en la embajada estaba uno, cuyo nombre no recuerdo ahora, que había sido profesor de educación física de la secundaria Carlos J. Finlay. Seguro que mi amiga Mayte Santoyo se acuerda, porque ella se acuerda de todo.

Tambien nos encontramos con mi queridísimo Manolo Valdés, amigo querido de la juventud y ahora casi vecino nuestro.

Cuando por fin Lita, Katia y yo nos aventuramos a caminar por la parte de atrás de los dos edificios, que era el patio gigantesco de la embajada, me encontré por allá a la hija de Fefa, más conocida por María la del Focsa, que era una señora que trabajaba en la cafetería pequeña de una esquina del edificio Focsa (ay, no me acuerdo como se escribe) y nos resolvia pintas de helado de chocolate y croqueticas y todo lo que podía. Quizás nos encontramos con otros conocidos más, pero esos son los que yo recuerdo.

Después de llenar las planillas volvimos para nuestra posición. Seguía el hambre, la angustia y el peligro de que te dieran un botellazo de los que tiraba desde afuera "el pueblo combatiente."

El tronco de la mata de papaya seguía disminuyendo. De vez en cuando alguien pasaba y nos regalaba un mango verde. El patio de la embajada tenía árboles frutales pero, de de esas frutas pronto no quedaron ni las semillas.

Yo creo que el dinero que se recogió para el carro del embajador, lo usó el mismo embajador para comprar sacos de papas y zanahorias en los mercados campesinos para repartirlos en la embajada. Un día de pronto anunciaron que iban a repartir sacos de papas entre todos los grupos. Se formó tremendo alboroto. Todos los grupúsculos que se habían formado alli esperaban su saco de papa para ser repartido entre sus miembros. En nuestro grupo, designamos al mulatico como jefe y él era el encargado de recibir el saco de papa y repartirlo. Era cierto. Veíamos como iban repartiendo los sacos. El problema era cómo rayos íbamos a cocinar las papas.

La respuetas a esta pregunta no se hizo esperar. La gente comenzó a arrancar las persianas de madera de la embajada para hacer pequeñas hogueras donde asar las papas. Yo estaba tan ilusionada! Se me hacía la boca agua pensando en la papa que me tocaba, asadita dándole vueltas en un palo como si fuera un pollo, calentita y suave. Pronto me desilucioné. Cuando por fin nos llegó el saco de papa, que parece que también traía algunas zanahorias, y ya nos habiamos agenciado madera y fuego para asarlas, las papas aquellas se demoraban siglos en cocinarse, y al final quedaban siempre crudas.

Yo no pude aguantar el dolor del hambre y la desilusión. Me tiré a dormir en mi rincón. Había probado una papa medio cruda y sabía que eso no me lo podía comer. Las papas había que asarlas una por una porque no teniamos como asar varias a la vez. En lo que me llegaba el turno de mi papa pasarían unas cuantas horas, así que me dormí.

El despertar fue maravilloso. Alguien, no recuerdo quien, me despertó y me puso en las manos un jarrito de metal que contenía una caldito de papa y zanahoria. A mi no me gustaba la zanahoria, y las papas? Fritas y va que chifla. Pero aquel caldito caliente de papa y zanahoria, sin sal y sin ná, fue en aquel momento lo más delicioso que había probado en mi vida. No sé cuantas persianas habría costado, pero aquel caldo me dio fuerzas y esperanzas para seguir en la lucha.



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Friday, May 21, 2010

Mariel. Treinta Años. La Embajada. Las Visas


En la Embajada, pasabamos el tiempo conversando con los que teníamos alrededor, imaginándonos en los Estados Unidos, haciendo planes para encontrarnos, especulando sobre lo que nos iba a pasar allí adentro y tratando de sobreponernos al hambre y los temores que cada uno guardaba en su interior. Yo, por mi parte, lloraba todos los días. Lloraba porque sabía que le estaba ocasionando un gran dolor a mi madre y porque estaba enfrentándome a algo totalmente desconocido. Pero a pesar de esos temores y esa tristeza por los que estaba dejando atrás, en ningún momento me arrepentí de haber tomado esa decisión.

De la pared de la casa contra la que estábamos posicionados, hasta nuestros pies, era el espacio justo que teníamos para dormir estirados. A nuestros pies se había formado un trillo por el que la gente pasaba para ir al bañito que quedaba en la esquina de donde estábamos nosotros. Recuerdo que un día estabamos Katia y yo observando a la gente que pasaba por el trillo. Las dos coincidimos en que casi todos los hombre escupian al pasar por ahi. Parece que venian del baño rascándose la garganta o iban para el baño rascándose la garganta. Pero oye, venían los muy graciosos a escupir a los pies de nosotros.

También recuerdo un personaje que andaba sin camisa y con un pantalón recortado. Llevaba en su mano un palo con unas llaves amarradas en la punta e iba por ahi diciendo que tiraba los caracoles. Estoy segura que nos los tiró a nosotros y nos dijo lo que le dio la gana, pero en realidad no me acuerdo si lo hizo.

Al otro lado del trillo había como una parte con suelo de losa. Ahí la gente se había acomodado y había hecho casitas de campaña con sábanas blancas para protegerse del sol. Se podían ver a los niñitos correteando de un lado a otro, niñitos de cuatro y cinco años.

Al tercero y cuarto día mucha gente había entrado a los edificios, las madres con niños de brazos, mujeres embarazadas y los ancianos. También comenzaron a traer las famosas cajitas de comida por la que la gente se peleaba. El grupo nuestro nunca trató de ir buscar cajitas. Lo malo era cuando la gente comenzaba a pasar por delante de nosotros con sus cajas que despedían un delicioso olor a arroz blanco con revoltillo de huevo. El hambre, que después de cierto tiempo se adormece en las entrañas, despertaba en el momento en que pasaba la gente con sus cajitas olorosas y te daba un dolor que no se podía aguantar. Ese era el peor momento del día. El gobierno generosamente entregaba unas, no sé, 1000 ó 2000 cajitas para 10,800 personas.

Por entonces empezó a correr que el auto del Embajador, a quien todos admirábamos mucho por habérsele enfrentado a Castro, había chocado, o se había roto, algo así, y unas personas comenzaron a recolectar dinero entre todos los allí reunidos para arreglar el carro del embajador.
No sé si eso fue verdad o mentira, pero nosotros dimos algo.

A cada rato comenzaba un run run sobre las visas. Van a traer las visas! Hoy vienen las visas! Pero nada parecido a una visa nos era entregado.

Un día, estando todos como siempre, sentados alli, - repartiéndonos quiza el tallo de la mata de frutabomba (papaya) que teníamos cerca y de la que cortábamos un pedacito de tallo todos los días y luego lo tapabamos con una camisa- se apareció alguien diciendo que necesitaban personas, estudiantes preferiblemente para llenar unas planillas. Lita, Katia y yo enseguida nos levantamos y nos ofrecimos. Primero para hacer algo y salir del aburrimiento y segundo porque, como todos los demás, pensábamos que eran las planillas de solicitud de visa. Enrique, Joseph y Richard no hicieron el menor intento de participar en semejante tarea. A ellos les correspondia quedarse cuidando el espacio.

Lita, Katia y yo entramos en el edificio de atrás, donde se iban a reunir los que ibamos a trabajar en eso. Aproveché rapidamente para ir al baño y lavarme la cara, los brazos y hacer pipi. Era un baño, Un Baño!!! Algo muy apreciado en aquellas circunstancias. Vi a mujeres y niños regados por todas partes. Vi tambien que algunos tenían unos yogurts de esos que vienen en bolsitas de nylon. Me dolió el estómago pero me concentré en lo que íbamos a hacer para olvidarlo pronto.

Entramos en una habitación en el segundo piso donde había grupo de gente. Fue la primera vez en mi vida que vi a quien luego se convirtió en un amigo de siempre: Hector Castañer. Nos cayó pesado porque él había tomado el mando de la operación y de la forma en que lo hacía nos recordaba mucho a los dirigentes de la juventud y la FEEM*, la FEU **y todos esas Iniciales. "Trauma comunista" pensé.

En la habitación además de nosotros, Hector y unos cuantos más que no recuerdo ahora, estaba una persona que yo había visto antes. Era un joven actor gay que yo había visto porque era amigo de una amistad nuestra. No recuerdo como se llamaba. Era alto, de pelo oscuro y  piel muy blanca, y tenía una voz engolada como la que usan algunos locutores por acá.

Hector comenzó a decirnos lo que teníamos que hacer. Nos dijo que íbamos a tener que sentarnos por horas al sol a llenarle la planilla a todas las personas que estaban en la embajada. Dijo que iban a colocar unas mesas en el patio y que allí nos sentaríamos y que la gente iría pasando, uno a uno, para dar su información. Que iba a hacer un trabajo duro, bajo el sol, y que si alguien creía que no iba a poder hacerlo que lo dijera ahora.

Hubo un silencio y de pronto se escuchó la voz engolada del joven gay enfáticamente declamando: - Yo Puedo!

En ese momento sonaron unos disparos. Alguien había tratado de entrar a la embajada cuando ya hacía rato que se había cerrado toda oportunidad. Hubo un momento de confusión, todos nos miramos a ver si estábamos en una pieza, si nadie había sido herido y cuando ya todo más o menos se había calmado, "Yo Puedo" salió de abajo de un sofá que yo no sé como, con su tamaño pudo meterse ahí.

Se corrió que los disparon habían herido a una niña y que era alguien en un taxi el que había tratado de colarse. Pero no puedo confirmar esos rumores porque nunca pude comprobarlo.

Continuará


*Federación Estudiantil de la Enseñanza Media

**Federación Estudiantil Universitaria


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Thursday, May 20, 2010

Mariel. Treinta Años. La Embajada. Los Servicios Sanitarios


Más o menos para el tercer día ya estabamos familiarizados con la gente que teníamos alrededor.
A nuestro grupo de seis se había sumado una familia de tres: Papá, Mamá y un niño de 15 años bastante alto. Esta familia había llegado desde la provincia de Las Villas. No sé como se enteraron, pero llegaron a tiempo y traían una maleta grandísima de madera que ocupaba su buen espacio. También teníamos una pareja gay del otro lado de la areca y un mulatico, cuyo nombre no recuerdo, pero con quien en aquel momento hicimos pacto de amistad eterna y todo tipo de planes para encontrarnos una vez en libertad.

La pizza que trajo Joseph el día que salió y regresó, por supuesto no duro ni lo que un merengue en la puerta de un colegio. Pero los caramelos, el azúcar y el chocolate tratamos de consumirlos poco a poco porque eran nuestra única fuente de energía. Bueno, los caramelos se los dimos casi todos al nene de 15 años. El azúcar y el chocholate los tomábamos como una dosis medicinal, cada tres o cuatro horas una cucharadita para cada uno.

El asunto del baño no se solucionó hasta el tercer día. Mientras tanto, la gente seguía orinando en el cuarto aquel, que se desbordaba de orine y este comenzaba a correr por todo el pasillo lateral de la embajada hasta el frente. Por el dia no habia problema pero por la tarde, cuando cambiaba el viento, el olor a orine mezclado con tierra y sabe Dios que otras sustancias, no se podía soportar.

Yo no sé como los demás se arreglaron con el número dos, pero para mi era como si esa necesidad fisiológica no existiera. Si yo no tengo privacidad y comodidad para esa función, mi cerebro no dispara la orden. Así me pasaba en las escuelas al campo. Cuando ibamos con la Escuela al Campo, un plan que hizo la revolución en el que enviaban a los estudiantes a trabajar al campo por uno o dos meses para que contribuyeran al proceso de producción, yo no iba al
baño durante los primeros 15 días. Los baños eran letrinas; un cajón de madera con un hueco en el suelo. El papel lo tenías que llevar tú de tu casa y ahí no había cadena que halar, por lo tanto, aquellos huecos despedían el mas terrible olor. Yo resolvía el problema de enfrentarme a eso muy fácilmente. No iba. Claro, a los quince días me empezaban unos retorsijones que pa qué...y no me quedaba más remedio que ir, pero en esas circunstancias, cualquier hueco era bueno.

Este párrafo que seguramente no les ha proporcionado las mejores imágenes, era necesario para explicar como me las agencié para no complicarme la vida por la ausencia de un inodoro decente.
Durante los 10 días que estuve allí no me hizo falta.

Pero para al tercer día, (que alguien me corrija si fue antes o después) al gobierno no le quedó más remedio que colocar unas letrinas en la calle adyacente a la embajada - por el extremo contrario a donde estabamos nosotros - porque estaba a punto de reventar una epidemia por culpa del arroyuelo fétido cuya fuente era el bañito fulano aquél.

Algunas personas no querían salir porque tenían miedo que los arrestaran estando fuera de la embajada, pero nosotros salimos porque no aguantábamos las ganas ya. Las letrinas eran nuevecitas, de madera clara y estaban limpias. También instalaron una tienda de campaña como enfermería, para atender algunos casos. Enrique me dijo que me hiciera la que me dolían los ovarios para ver si podíamos encontrar la manera de llamar a la casa. Pasamos por la enfermería, yo dije que me dolían los ovarios y...que si había algun teléfono por ahí...Me dieron dos aspirinas, me dijeron que no había teléfono y la enfermera vestida de militar nos preguntó a los dos por qué estabamos allí, tratando de ver si nos arrepentíamos. Le dijimos que porque nos queriamos ir del pais y con la misma entramos de nuevo y regresamos a nuestro rincón,

Para entonces comenzaba el murmullo de que si venían las visas.

Continuará

(Perdonen la demora en la continuación. Estoy trabajando duro con lo del censo y termino muy agotada, pero aquí seguiremos que queda mucho por contar. Saludos)


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Monday, May 10, 2010

Mariel Treinta Años. Los días de la Embajada.


El domingo 6 de mayo fue el tercer día de la embajada. Para entonces había entrado tanta gente que tuvieron que volver a poner guardias alrededor de todo el edificio, por delante y por los costados, para que no se metiera nadie más. Recuerdo que tuve una terrible impresión cuando de pronto me desperté - creo que era la madrugada del lunes 7 mayo - y vi unos guardias vestidos de negro y armados hasta los dientes rodeando toda la embajada.

Nosotros estábamos bastante próximos a la cerca del costado, la misma por donde habíamos entrado. También en esa cerca estaba la pilita de agua que usábamos para beber y para lavarnos un poco la cara y los brazos.

Los guardias estaban colocados unos muy cerca de nosotros y la verdad es que metían miedo, sobre todo entre las sombras de la noche. Luego cuando amaneció recuerdo que uno de los pintorescos personajes que estaban allí se acercó a la cerca, miró de frente a uno de los guardias, uno medio achinado y le dijo con un tono de guapería despectiva: "Narra!"

Narra, es una manera despectiva o no, a veces cariñosa, que tenemos los cubanos de llamar a las personas de ascendencia asiática.

El guadia miró al individuo con ojos fulminantes, pero no podía hacer nada. El individuo, al ver que el guardia no reaccionaba volvió a carga; Narra! El guardia siguió callado y el individuo antes de dar la vuelta e irse le volvió a decir: "Narra y bien" y se fue, medio decepcionado porque él parece que lo que quería era sonsacar al Narra.

Anécdota aparte, cuando yo vi los guardia esos, el corazón me saltó en pecho. Me imaginé que estaban allí para ametrallarnos a todos. Cualquier cosa podía pasar. Todavía seguían las hordas de chivatos combatientes gritando improperios desde afuera y tirando piedras y botellas para dentro de la embajada. En más de una ocasión esos proyectiles hirieron a alguien.

Durante el día nos fuimos tranquilizando porque se fue corriendo por todas partes que los guardias estaban ahí para impedir que siguiera entrando gente. Nosotros no nos movíamos de donde estábamos porque nuestra posición era privilegiada y no podíamos correr el riesgo de perderla. Además, como no teníamos alimento, Enrique decía que no podíamos estar gastando energía caminando por todo aquello. Lita, Katia y yo queriamos investigar y también ver si nos encontrábamos a alguien conocido, pero hasta el cuarto o quinto día no nos aventuramos a salir de nuestro espacio.

No sé si fue el segundo o tercer día, pero recuerdo que Joseph, el americano del grupo, pudo salir de la embajada e ir a la casa porque si no lo dejaban entrar de nuevo él no perdía nada. Y se corriá en esas primeras horas, que algunas gentes habían podido salir y volver a entrar. Joseph lo intentó y consiguió ir a la casa de Lita y a la mía y tranquilizar un poco a nuestras familias. También nos mandaron comida porque Joseph les dijo como era la cosa allí. Me acuerdo que regresó con una pizza, huevos duros, caramelos y un pomo de azúcar y otro de chocolate en polvo. Todo aquello era sumamente valioso para nosotros porque no teníamos acceso a ningún alimento allá adentro. Joseph también me trajo un par de mocacines que le pedí que me trajera, porque las sandalitas con las que yo había entrado las había tenido que botar el primer dia que intente ir al baño dentro de la embajada.

Las famosas sandalitas eran unas sandalias hechas a mano por el mismo Enrique, que era muy buen artesano y desde hacía un tiempo vivíamos de hacer zapatos y venderlos. Esas sandalias tenían un tacón de cuñita, eran de cuero entrelazado y estaban de lo más monas. Pero al segundo día de estar allí  ya yo no podia aguantar más los deseos de hacer pipi, y me aventuré al baño que habían improvisado en una de las habitaciones del segundo edificio. Esa habitación era un cuarto que tenia un bañito. El bañito lo habían dejado para los hombres, y la habitación entera para las mujeres. Entrabas a la habitación, con alguien para que cuidara la puerta y te agachabas en el piso y dale...ese era el baño. Por supuesto, el piso estaba ya inundado de orine. Así que yo salí de ahi y solté las sandalitas que estaban emchumbadas en orine, me lavé los pies en la pilita y me fui descalza para mi posición debajo de la areca. Creo que ese fue el dia que Joseph salió y al regreso me trajo los zapatos que le pedí. Eran unos mocacines fuertes, que podian resistir mejor en caso de tener que regresar al baño ese.

No pasó mucho tiempo antes que viera a alguien pasar por delante de mi calzando mis sandalitas "premiadas".

Continuará....

(Esta historia continúa AQUI)


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Sunday, May 9, 2010

FELIZ DIA DE LAS MADRES


Regreso el Lunes con la historia del Mariel. Saludos

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Thursday, May 6, 2010

Mariel Treinta Años, La Embajada. Los Seis.


Esta aventura la protagonizamos seis, junto con los otros 10,794 que lograron entrar a la Embajada del Perú. Estos seis eramos Lita y Joseph, Katia y Richard, Enrique y yo. Lita y Katia Puente son hermanas y son mis amigas de la infancia. Joseph y Richard eran los respectivos esposos de ellas. Joseph era ciudadano americano y Lita y él no iban a tener problemas para irse por esa razón. Katia y Richard también estaban a punto de irse porque habían sido reclamados por los padres de Richard que estaban en México. Ellos entraron en la embajada solamente para adelantar su salida.

Enrique era el novio mio. Llevábamos dos años y medio de relaciones. A él le debo el haber comprendido que la revolución aquella era la gran estafa. Hasta que lo conocí a él yo era la nieta de Lenin (así me llamaban en mi casa mofándose de mi patriotismo y espíritu de sacrificio). Mi hermana para molestarme había colgado un cuadro de Lenin en la cabecera de mi cama y yo lo dejé ahí hasta que conocí a Enrique y me abrió los ojos. Ahi fue donde el cuadro de Lenin fue a parar a Cayo Cruz,* junto con todos mis sentimientos revolucionarios y mi espíritu internacionalista.

Enrique y yo sí no teniamos manera de irnos. Para nosotros la Embajada del Perú era la oportunidad que estábamos esperando, por eso no vacilamos ni un instante. Sabíamos de todas las hazañas de otros cubanos en otras embajadas. Los que se metieron en la Embajada de Venezuela, tras de lo cual tuvieron que poner un rail de trenes a la entrada para que nadie más intentara hacerlo. Aquél otro que se metió en la embajada de Brasil saltando con una jabalina y otro poco de anécdotas que ahora no recuerdo.

Nosotros, en las reuniones de la CPU (Conspiración de la Peste el Ultimo)  no hacíamos más que echar pestes del gobierno y rompernos la cabeza tratando de idear un escape. Pero...no se nos ocurría nada. Todo lo que hacíamos era asustar a mi mamá que siempre estaba preocupada de que alguien nos fuera a escuchar echando pestes.

Además de Enrique, algo más que contribuyó al resquebrajamiento total de mi moral revolucionaria fue la farsa tan descarada y abominable que montaron en la Universidad de La Habana a finales del año 79. Yo estaba estudiano Filosofía Marxista, (porque no había de otra) para lo cual había que ser Joven Comunista (pérate que me vomito). Yo lo era y aunque ya para entonces el cuadro de Lenin estaba en Cayo Cruz, yo tenía que seguir "filmando", que en el argot de la época quería decir aparentar ser lo que no eras o vivir con la careta puesta.

La purga de la Universidad se llevó a cabo porque había ciertos elementos contrarrevolucionarios que estaban escribiendo cosas por todas partes y la dirigencia creyó que iba a dar un escarmiento botando de la universidad a unos cuantos.

Hicieron unas reuniones ridículas en las que le sacaban a uno un montón de boberias como:
  • Tal día llegaste tarde.
  • Tal día no fuiste a la reunión de la juventud.
  • Demuestras apatía ante las reuniones y los eventos de participación masiva..

Nada que ver con el rendimiento académico. Lo peor era que se levantaban una pila de gente que uno creía que eran amigos de uno y resulta que de pronto se convertian en chivatos acusadores. Y de lo que te acusaban era o mentira, o algo sin ninguna importancia.

En la purga famosa me quitaron el carnet de la Juventud, el cual que causó mucha más satisfacción entregar que recibir, pero con él se iba también la posibilidad de seguir estudiando mi carrera. Eso fue en enero de 1980. Me ofrecían la posibilidad de integrarme a otra carrera, como Historia del Arte, pero yo, a esas alturas, ya no quería volver a la universidad. Lo que quería era enfocarme en largarme de allí lo más pronto posible.

Mi amiga Fátima, que estudiaba Filosofia conmigo, corrió la misma suerte. Pero ella, a pesar que pertenecia clandestinamente a la C P U, se matriculó en Historia del Arte y siguió allí en espera del milagro que todos pedíamos. Lamentablemente cuando se dio el milagro, Faty estaba en la playa. Nosotros la llamamos para darle el pitazo...y ella como el cuento de Alvarez Guedes, aqu♪l del tipo que llega a su casa y le dice a la mujer:
-Mi amor, hoy nací, imaginate que estabamos pintando un edificio de 20 pisos y se rompió la cuerda del andamio y el pobre Roberto se cayó y se mató. Por suerte yo había ido al baño en ese momento.
Y la mujer le dice: Ay mi amor, que horrible, pobre Teresa, cómo debe estar...
-Bueno, a ella se van a pagar una compensacion de 200,000 dólares, porque el marido murió en accidente de trabajo...

-Ah si? Roberto se cayó, se despetroncó, a la mujer le van a pagar 200,000 dólares y tú haciendo caca!

Y algo parecido le pasó a Faty. El milagro se dio y ella...en la playa. Le costó 16 años más de tortura física y mental, hasta que por fin puso pies en polvorosa.

Continuará...

(Esta historia continúa AQUI)




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Wednesday, May 5, 2010

Mariel Treinta Años. La Embajada...qué era aquello!



Una vez que estuvimos todos del otro lado de la cerca, me tomé un segundo para mirar el panorama. Estabamos en en patio interior de la embajada, entre los dos edificios que la componían. Había tanta gente que todos estabamos de pie, sin poder hacer un espacio para sentarnos. Estábamos nerviosos pero contentos. Lo que fuera que era aquello, lo enfrentaríamos. Y para ello contábamos con el apoyo de un montón de gente más, todos aquellos que nos rodeaban, entre los cuales no tardé en distinguir al pintor que estaba pintando mi casa en el momento que llegó mi tío con la noticia de lo que había pasado en la embajada. Nos dio risa encontrarnos allí. Al parecer Enrique y yo no fuimos los únicos que "paramos la guataca" cuando el tío leyó aquella noticia increíble, pero cierta.

Nos fuimos desplazando lentamente hacia la pared del segundo edificio. Aquella noche no dormimos, por supuesto, no teníamos cómo. Recuerdo que tomábamos turno para sentarnos porque el espacio para tal lujo era muy limitado. Durante la noche la gente se dispersó un poco porque algunos se encaramaron en los techos y hasta en los árboles y otros (mujeres y niños) entraron en la casa. De alguna manera logramos asegurar aquél espacio contra la pared del segundo edificio, entre una areca grande que nos daba sombra y una mata de papaya que más tarde nos sirvió de alimento.

Recuerdo que cuando tuvimos sed, apareció una jarrita plástica que se pasaba de mano en mano para que la gente tomara agua. El agua venía de unas tuberías que bordeaban la embajada. Esa noche nadie pensó en ir al baño, ni en comer ni en ninguna de esas necesidades humanas. Estábamos tan satisfechos con haber logrado dar el primer paso para conseguir aquél sueño, que todo lo demas era secundario.

Lo único que no cesaba de apuñalarme el alma era saber el dolor y la preocupación de mi madre y mi hermana. Pero finalmente el instinto de supervivencia en medio de aquel espectáculo surrealista que estabamos viviendo, superaba mis angustias.

Al amanecer del segundo día ya teníamos aquél espacio vital asegurado. Estábamos todos sentados de espalda a la pared con los pies estirados. No podíamos movernos de allí para no perder aquella posicioón privilegiada. De nuestros pies para allá había un gran grupo de gente, amontonados en el patio interior, sin ninguna pared, ni matica que los protegiera del sol. La lluvia, a pesar que era el mes de abril, quedó suspendida de nubes milagrosas y no cayó ni una gota durante los diez días que estuvimos en la embajada. Pero la gente, para protegerse de los inclementes rayos de sol, rápidamente montaron casitas de campaña con sábanas blancas.

Con el sol del segundo día pudimos ver con más claridad todo a nuestro alrededor. Había gentes de todos tipos, de todas las edades, de todas las razas, de todas las procedencias sociales, de todas las ocupaciones y desocupaciones, niños de pecho, ancianas en sillas de ruedas, pioneros, militantes, militares, estudiantes, doctores, artistas, en fin, la más perfecta representación de todo el país, allí presente, manifestando el unámine descontento con la revolución y sobre todo, su máximo lider.

Continuará

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Tuesday, May 4, 2010

Mariel Treinta Años. Iglesia Jesús de Miramar. La Gruta de Lourdes

Iglesia Jesús de Miramar

Durante esos dos años que yo había pasado rezando noche tras noche y pidiéndole al Todopoderoso que hiciera un milagro para que yo puediera salir del país, en una ocasión me tropecé en casa de unos amigos con un libro que se llamaba "Santa Bernardette." Era la historia de la niña Bernardette, a quien se le apareció la Virgen María, en Lourdes, Francia. A pesar de que a mi no me gustaba la literatura religiosa, aquel librito me atrajo y una vez que empecé a leerlo no pude parar. El corazón se me inflamó de fe  con la historia aquella de la aparición de la Inmaculada Concepción en la gruta de Lourdes, y de los milagros que allí se dan y el peregrinaje de la gente para ir a ver aquel lugar. Al final del libro se mencionaba que casi en todas partes del mundo había una réplica de la Gruta de Lourdes, y yo me acordé que  había visto esa gruta en una iglesia que estaba por la Quinta Avenida, y me propuse ir a visitarla para pedirle a la Virgen milagrosa que nos permitiera salir de allí.

Varias veces intenté ir, pero por diferentes razones nunca lo logré. Y el día que nos fuimos para la Embajada del Perú, me di cuenta que la iglesia donde estaba la Gruta de Lourdes era Jesús de Miramar, la cual era el edificio contiguo a la Embajada del Perú.

Les dije a todos, que para entonces con las ganas que teníamos de irnos de allí, éramos los mas fervorosos creyentes, que teníamos que ir a la Gruta de Lourdes antes de meternos en la embajada. Nadie protestó.

Cuando nos íbamos acercando a la embajada pudimos ver el molote de gente que por un costado gritaba "escorias...que se vayan..." y unos cuantos improperios más,y el otro molote de gente que por el otro costado brincaba la cerca para entrar en la embajada a como diera lugar.

Nos despedimos de Paquito y nos bajamos del carro en dirección a la iglesia. Como antes mencioné, era Sábado de Gloria. Los portones de la iglesia estaban cerrados porque la misa estaba andando. Eran como las siete y pico de la noche.

Nosotros abrimos la puerta y un señor nos recibió y nos preguntó qué queríamos. Le dije que necesitabamos pasar al patio, donde estaba la gruta. Nos dejó pasar sin ningun reparo. Atravesamos la iglesia de lado a lado, pasando por entre los no muchos feligreses que oian misa ese día y llegamos hasta la famosa Gruta de Lourdes que yo tantas veces había visto al pasar por la Quinta Avenida y que ahora significaba tanto para mi haber podido llegar hasta ella.

Allí mismo me arrodillé para pedirle que nos acompañara en esta aventura que estábamos emprendiendo, que nos ayudara a completar nuestro sueño y bueno...todo eso que se pide. Los demás también hicieron sus peticiones, pero no por mucho rato porque enseguida salió el mismo señor de antes y nos dijo que teníamos que irnos, que estaban en plena misa. Yo tranquila, ya había hecho lo que quería y casi no podía creer la coincidencia de que la Iglesia estuviera justo al lado de la Embajada.

Volvimos a atravesar la iglesia. La gente nos miraba en silencio preguntándose sabe Dios qué. Pero nosotros felices, ibamos con más impulso a saltar cuanta cerca y otros obstáculos se interpusieran en nuestro camino.

Nos acercamos al molote de la parte derecha, los que estaban brincando, y subiendo por la cabeza de Enrique que nos sirvió de soporte a todos, uno por uno brincamos la cerca aquella. Luego alguien de los de afuera sirvió de soporte para Enrique y así entramos todos.

Continuará...

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Monday, May 3, 2010

Mariel Treinta Años


Ayer, 2 de mayo de 2010, se cumplieron 30 años de mi arribo a la costa de Cayo Hueso. Fue el resultado de dos años de oraciones y diligencias buscando la manera de ver como escapaba de aquella farsa de país en que se había convertido mi preciosa isla. Las diligencias que hice no me dieron ningun resultado, pero las oraciones sí. Cuando más desesperados estábamos mi novio Enrique y yo, porque no habíamos encontrado a ningún americano y americana con quien casarnos, ni conocíamos a nadie que tuviera un barquito, ni teníamos nada más que inventar, ocho cubanos se lanzaron en un autobús contra las rejas de la embajada del Perú abriendo la posibilidad de escape para 10,000 cubanos que más tarde se convirtieron de 120,000.

El sábado 5 de abril, Sábado de Gloria, Enrique y yo estábamos pintando el cuarto mío, mientras un pintor que mi mamá había contratado, pintaba el resto de la casa. Al medio día un tío mío, que trabajaba en el Hospital Calixto García, pasó por la casa a merendar y traía el periódico Gramma.
Se sentó en la casa y comenzó a leerlo y como había una noticia sorprendente, leyó en alta voz "que los guardias habían sido retirados de la Embajada del Perú, porque ocho cubanos habían penetrado la embajada a la fuerza en un autobús y uno de los guardias había resultado muerto por el tiroteo. En represalia porque el Embajador del Perú se negó a entregar a los ocho cubanos, Castro retiró la guardia para que entrara en la embajada todo el que quisiera. Qué bobo! Todo el mundo quería, empezando por nosotros que paramos el oído y casi no podiamos creer lo que estabamos oyendo.

Cuando el tío (que era del Partido) se fue, Enrique y yo sin perder tiempo llamamos a Lita y Katia y a otros amigos de Enrique, todos los cuales estaban en la conspiración de "la Peste el Ultimo," para ver si ellos sabían de alguien que se hubiese ido para allá.

Todo el mundo había escuchado o leido la noticia y Lita y Katia, con sus respectivos maridos, estaban ya en punto para salir para la Embajada.

Yo agarré una carterita, metí un blumer, por si acaso, un cepillo de diente y mi virgencita de Fátima fosforescente que mi mamá me había regalado. Mamá, sientiendo que algo grande se estaba cocinando, salió de su cuarto. De frente una a otra, ambas con el corazon partido, yo le dije: "Mami, me tengo que ir porque no hay otra oportunidad." Yo tenía 22 años y apenas estaba saliendo de abajo de sus faldas, pero ella sabía que yo era infeliz allí y que me tocaba levantar vuelo. Sin vacilar ni un instante me dijo, "Vete, que yo te sigo."

Sus palabras me dieron el impulso que necesitaba. Yo misma no estaba muy segura de que iba a poder dar ese paso, pero ella sí. Ella se aguantó el dolor más fuerte que pudiera haber sufrido en su vida y me dio el aliento para que yo cumpliera mi destino Yo sé que si ella hubiese soltado una sola lágrima, yo lo hubiera pensado dos veces.

Enrique llamó a su hermano Paquito, que vivia cerca y tenía carro. Paquito accedió a llevarnos a todos hasta la embajada. Nosotros estabamos en el Vedado y la embajada en Miramar. Era una buena tirada y nosotros queríamos llegar allí  "ante que se arrepientan" como solemos decir los cubanos.

Nos reunimos en los bajos de mi casa Lita y Joseph, Katia y su esposo , Enrique y yo. Paquito nos recogió allí y como sardinas en lata nos fuimos en su lada rojo hasta la Embajada del Perú.

Me fui con el sabor amargo de no poderme despedir de mi hermana porque ella no había regresado del trabajo.

Mañana continúo.
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