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Thursday, May 10, 2018

Primer Día de Newyorkeo

Con una agradable temperatura de más o menos 60 grados Fahrenheit (15 grados centígrados), salimos a pasear por los alrededores, buscando donde almorzar.  El día estaba precioso, brillaba el sol y latían nuestros corazones de felicidad por haber elegido hacer este viaje.

Paseamos un rato descubriendo lugares. Al lado del hotel hay una tiendecita de souvenirs en la que tambien venden objetos de arte, cuadros, muebles...you name it. Entre las curiosidades que tienen esta la escultura famosa de los tres monos "No hear, no see, no speak, no evil". Eramos tres, de modo que no perdimos la oportunidad de tirarnos una foto simulando los monos, para cual nos tuvimos que agachar y meternos por dentro de unos tubos, porque la escultura estaba afuera de la tienda y esa área está apuntalada con los tubos esos que sostienen las construcciones. Nosotras nos arriesgamos a sentarnos en el piso para que un gentil caballero nos tirara la foto, pero nos levantamos sin mucho problema. (Atléticas que somos).


Saliendo de ahí, en la primera esquina nos cayeron un montón de hombres ofreciéndonos alquilar bicicletas, o carritos tirados por bicicletas, o boletos para el bus de turismo. Nosotras muy amables y sonrientes declinamos todos los ofrecimientos y seguimos buscando. Uno de esos mismos hombres nos escuchó hablando sobre dónde comer y nos sugirió que fuéramos a un mall muy grande que se veía al cruzar de la calle donde, nos dijo él, había un Whole Foods en el que podíamos almorzar mucho más barato que en cualquier parte alrededor del Central Park. Estábamos frente a Central Park. Le hicimos caso al señor y entramos en el mall.

El Whole Food estaba abajo. Tomamos las escaleras eléctricas. Cuando bajamos aquello parecía un hervidero de moscas. Miles de gentes y miles de propuestas para comer. Todas las frutas del mundo, salad bars con todos los vegetales y frutas posibles, carnes, pescados, aves y mariscos, en fin...Nos decidimos por unas comiditas completas envasadas en sus plásticos, aun calentitas que reposaban en una estantería.

Yo comí un pollito rostizado con vegetales al vapor, Mary también pero diferentes vegetales y Clarita eligió una pasta.  Mary y yo quedamos satisfechas pero Clarita se lamentó de no haber elegido otra cosa...pero se lo comió todo.

Pagar fue una tortura porque tuvimos que hacer una línea larguísima y complicada. Clarita sentía un poco de claustrofobia por la cantidad de gente pero tendría que acostumbrarse al tumulto, porque en New York  es siempre así, miles de gentes de todas gamas cruzándose con una constantemente.

Después de comer subimos al mall y dimos un paseito mirando las tiendas y restaurantes que tenía. Nos tomamos un café y nos comimos un dulcito en una pequeña dulcería en un recodo del mall.  Pastelería francesa y cafetera espresso, pero que va, un buen café cubano es lo más difícil de encontrar en New York. No dudo que lo haya, pero es difícil de encontrar. El cortadito que nos tomamos allí no tenía nada que ver, pero el dulce estaba delicioso y el ambiente también. Así que lo disfrutamos a plenitud.

Seguimos recorriendo el mall y nos topamos con una escultura de Botero, gigante y un poco provocativa. Un hombre de bronce, de unos 15 pies de alto y entradito en carnes como son las figuras de Botero...ah y desnudo. Nos divertimos tirándonos fotos para enviárselas a nuestros compañeros de trabajo.



Al salir de ahí seguimos paseando un rato por los alrededores, encontramos un Walgreens donde compramos algunas cositas , posamos frente sanguchero de los que hay en cada esquina, admiramos las flores de una floreria cercana y seguimos recorriendo por un rato hasta que decidimos regresar y descansar un poco antes de prepararnos para el teatro.
Yo llegué derecho para la cama. Estaba en pie desde las 4 am, igual que las demás, pero ellas no necesitaron dormir. Yo si...eché mi pestañazo y a eso de las 6 (una horita de siesta), me despertaron las chicas.
Margaritaville nos esperaba. (Continuará).


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Saturday, April 28, 2018

A room with a View...to 57th ST.



Llegando al aeropuerto JFK, un caballerito nos tiró la foto de bienvenida (que nos dimos nosotras mismas), y seguimos rumbo a la ciudad que nunca duerme para lo cual utilizamos un Uber.  Entre la distancia y el tránsito, el viaje nos tomó casi una hora. Yo iba tratando de desempolvar los recuerdos que tenía de New York, pero todo me parecía nuevo.  Las tres estábamos muy emocionadas, como niñas con zapatos nuevos. Pensábamos que tendríamos que dejar las maletas en el hotel hasta las tres de la tarde que era cuando podíamos entrar a la habitación, y salir a pasear por el barrio para reconocer y ubicar las cosas que teníamos cerca.

No nos imaginábamos lo céntrico que está localizado ese hotel, El Salisbury New York, ubicado en la 57th calle entre la 6 y la 7 avenidas, frente al Carnegie Hall, a tres bloques de Central Park y  dos de la 5ta Avenida. Qué más se podía esperar? Pues más sorpresas. Cuando llegamos al hotel, más o menos a las 11:30 de la mañana, nos dijeron que ya podíamos subir a la habitación.

Qué alegría! Subimos con Nick, el botones, un hombre alto y elegante que parecía un caballero antiguo, impecable en su uniforme. Nos subió las maletas y nos instruyó, con mucha amabilidad, sobre lo que teníamos cerca. También nos dijo que nos traería una camita individual para colocar en la sala, porque el sofá cama que teníamos no estaba en buenas condiciones para dormir en él.

Una de las tres tendría que dormir en la camita de la sala. Mary se ofreció. Yo elegí la camita de la ventana  y Clarita la más cercana al baño.

La habitación del hotel era una suite. A la entrada tenía un área de cocinita comedor, con un microwave, un fregadero, máquina de hacer café americano y enfrente una mesita redonda con dos sillas.
A continuación una sala bastante amplia, con un sofá, tres butacas, mesita y consola. Frente al sofá un televisor grande incrustado en la pared. Al fondo, un ventanal con vista a la calle 57.  La otra habitación era el dormitorio, también espacioso, con dos camas cameras, una mesita en el medio y un gavetero grande sobre el que había otro televisor. El baño localizado en el cuarto, no era muy grande pero suficientemente cómodo y además cuatro closets para poner todos nuestros andaribeles.

Cuando entramos, en la habitación se respiraba un aire un poco enrarecido. Olor a viejo, quizá, porque todo allí se percibía antiguo, pero ese, para mi, era su mayor encanto. Claro que rápidamente pensé en un frasco de fabreeze, el cual, supimos por Nick, podríamos comprar más tarde en el Fresh Market que nos quedaba al frente y que estaba abierto las 24 horas. 

Luego de desempacar, colgar ropa en los closets y guardar cositas en las gavetas, salimos a buscar donde almorzar  y dar un paseo de reconocimiento antes de regresar para prepararnos para nuestra primera salida importante, Escape to Margaritaville, musical de Broadway. (Continuará)







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